Mi libro empieza con el pecado original que nunca se refirió a las relaciones sexuales, sino al pecado original de la acumulación capitalista, y que el ateísmo tampoco se opuso a las religiones, sino que fue creado contra del fetichismo del Dios Capitalista, al cual sacrificamos nuestra vida por miedo a vivirla.
Este dios, como los otros ídolos, se creó con el valor de la fuerza del trabajo humano. Primero se nos desprecia como trabajadores, teniendo que llegar hasta a vender nuestras vidas por dinero, que posteriormente circula como capital mercantil, industrial o financiero y que a través de él se posee tanto a los trabajadores del mundo como el producto mundial de sus riquezas. Además de haber pervertido la sabiduría ancestral humana y convertirla en ganancias, sin siquiera cubrir nuestras necesidades reales sino las falsas, como las sangrientas guerras, convertidas en fortunas en manos de quien posee esta acumulación de vidas explotadas.
Así fue también como se produjo la inversión del cristianismo a cristianización, después de haber sido durante siglos un movimiento mítico de liberación y lucha contra el templo opresor, los mercaderes ricos y el Imperio romano, quien les impuso la crucifixión como la más aterradora tortura, cuya imagen hoy se ha convertido en símbolo de paz y amor humano. Así los valores del cristianismo rebelde se volvieron el culto actual de adoración al poder fetiche del capital imperialista, patriarcal y depredador.
Esta miseria se acepta actualmente como un castigo natural que trae deshumanización y nos degrada a súbditos de un poder y una economía fetiche al servicio de la explotación tanto del trabajo esclavo como del pecado de nuestra sexualidad, hoy convertida en reproductora de esclavos y frustrados para el consumo, a donde también se arrastró la belleza natural que nos ha creado.